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Abrazos profesionales: qué son y cómo funcionan

Abrazos profesionales con cita

Los abrazos profesionales son abrazos con cita: contratas a alguien para que te sostenga, puramente por la calidez y el contacto, sin que se vuelva sexual. Te quedas vestida. Todo gira en torno a la cercanía, nada más: un brazo a tu alrededor, estar tumbados juntos, una mano que se queda tranquila en tu espalda. A mucha gente al principio le suena un poco raro. Hasta que piensa cuánto hace que alguien la sostuvo así, sin más, sin prisa.

¿Cómo funciona exactamente?

Lo más importante pasa antes de tocarnos: hablamos de antemano de qué quieres y qué no. Sin sorpresas, sin líos. Tú llevas el mando, de principio a fin.

  • Primero hablamos con calma de qué buscas y dónde están tus límites.
  • Tu ropa se queda puesta, siempre.
  • Tú decides cuánta o cuán poca caricia quieres, y el ritmo.
  • Si en algún momento dices “ahora no”, se para, sin que yo tenga que preguntar por qué.
  • No sexual, conmigo, significa de verdad no sexual.

Por lo demás, hay poco que “hacer”. Y en parte esa es la idea. No tienes que rendir en nada, ni mantener una conversación, ni complacer a nadie. Puedes simplemente estar tumbada y notar que tus hombros van bajando poco a poco.

¿Es de verdad no sexual?

Sí. Y entiendo que surja la pregunta, porque la mayoría de la gente ha acabado confundiendo las caricias con el sexo. Es una pena, porque son dos cosas muy distintas. Tu piel pide calor y seguridad mucho antes de que entre en juego ningún deseo sexual. Los abrazos profesionales van solo de lo primero. Un abrazo que dura un poco más de lo educado, un cuerpo contra el tuyo que dice: aquí estás a salvo.

Que los límites se queden clarísimos es justo lo que me importa. Como psicoterapeuta noto qué necesitas y dónde se vuelve demasiado, muchas veces antes de que tú lo pongas en palabras. Esa calma vigila el límite, para que no tengas que preocuparte por nada y puedas entregarte al contacto sin más.

¿Para quién es?

Para cualquiera con falta de contacto. Y son más de los que crees. Gente que vive sola. Gente que acaba de pasar por algo, una separación, una pérdida. Gente en una relación en la que las caricias se han ido en silencio. Quien pasa meses, a veces años, casi sin que la sostengan, acaba notándolo en todo: en el sueño, en el ánimo, en la tensión del cuello y los hombros.

El deseo de contacto no es una debilidad ni algo de lo que avergonzarse. Es una necesidad básica, como comer y dormir. Los abrazos profesionales te dan un sitio seguro para saciar esa hambre, sin que se espere nada de ti.

¿Quieres antes ver con calma si esto es para ti? Entonces lee más sobre los abrazos y el hambre de piel en Contacto / Hambre de piel. Sin expectativas, solo ver qué te sentaría bien.

Por qué se conoce tan poco

Los abrazos profesionales casi no existen en los Países Bajos como servicio aparte, mientras que en Estados Unidos y Japón tienen desde hace años su propio gremio. Esa diferencia dice poco de la necesidad y mucho de la incomodidad: no tenemos una palabra para las caricias que no llevan al sexo y no vienen de una relación, y de lo que no tiene palabra, poco se pide.

Eso lo noto también en cómo lo piden las mujeres. Casi siempre con un rodeo, que si se puede “solo eso”, que si es “raro” querer solo eso. La respuesta es no, y es una de las cosas que más me piden.

Lo que no es

No es terapia. No se trata ni se analiza nada, tampoco si por el camino se suelta algo. Si hay algo más grande, un terapeuta es el camino mejor, y lo digo sin más.

Y no es un paso encubierto hacia el sexo. Lo que acuerdas, pasa; lo que no acuerdas, no pasa, aunque el ambiente sugiera otra cosa. Ese límite queda fijado de antemano y no vuelvo sobre él durante la cita.

Más sobre de dónde viene este deseo lo tienes en Contacto y hambre de piel.

Cómo va una sesión en la práctica

Empezamos hablando, con algo de beber, y con el acuerdo de cómo paras. Después no hay programa: tumbarse, sentarse, un brazo a tu alrededor, una mano en tu espalda que simplemente se queda ahí. Te dejas puesta la ropa que quieras, y eso no cambia nada de lo que hace.

Cuenta con dos horas como mínimo. Parece mucho para algo tan sencillo, y la primera media hora se va en casi todo el mundo en acostumbrarse. A la situación, y a la idea de que de verdad no se espera nada de ti. Solo después baja algo, y esa es la parte por la que vienes.

Después, el cuidado posterior sigue en los días siguientes. Con el contacto tras un largo tiempo sin él, la reacción muchas veces llega cuando vuelves a estar sola, y entonces puedes escribirme sin más.

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