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La oficina

La oficina
Viernes por la tarde, las cinco menos cuarto. La oficina todavía zumba bajito: teclados que teclean, una impresora que suspira al fondo, alguien que se ríe de un chiste que no has llegado a oír. La semana te ha dejado molida, entre plazos y reuniones que no llevaban a ningún sitio, pero el aire ya huele a fin de semana.
Tú has terminado. Todos los correos enviados, la pantalla vacía, el bolso medio hecho. Queda una hora, y la mayoría de tus compañeros ya está rematando a escondidas. Tú también. Solo que tú sabes que no estás esperando el tren.
Llevas semanas fantaseando con ello. Puede que meses. ¿Y si aquí, en este sitio donde cada día eres tu versión más formal, dejaras caer por una vez esa capa profesional? Solo para ti, solo un momento. La idea ya te acelera la sangre más que cualquier plazo de entrega.
Te quedas sentada mientras los demás se marchan. “Buen fin de semana”, dice alguien, y tú asientes, sonríes, haces como si nada mientras el corazón ya te late un poco más fuerte de lo que debería. La puerta se cierra. Los pasos se apagan por el pasillo. Y entonces, silencio.
Es un silencio raro, este. Sin ruido de oficina, sin la nevera zumbando en la cocina, solo tú y las filas de mesas vacías. Te levantas y caminas despacio entre ellas, los dedos resbalando por el respaldo de una silla, por la superficie fría de una mesa que no es la tuya. De pronto todo el edificio es tuyo.
Tu sitio está en la esquina, medio escondido del resto. La privacidad justa. Te dejas caer en la silla, notas el cuero sintético suave contra la piel y cierras un momento los ojos.
En tu cabeza entra él. Te imaginas cómo se abre la puerta, cómo te ve ahí sentada, y cómo le cambia la mirada al instante. Echaría el pestillo. Sin una palabra. Vendría hacia ti, te levantaría la barbilla con los dedos cálidos y te besaría como si llevara toda la semana esperando este momento.
Te imaginas sus manos en los botones de tu blusa, uno a uno, con paciencia, mientras el aire frío de la oficina te roza la piel y su aliento se mantiene cálido. Tus propias manos hacen el trabajo de verdad. Vas desabrochando la blusa con los ojos cerrados, como si fuera él quien lo hace y no tú.
Su boca imaginada sigue a sus manos imaginadas. Tus dedos de verdad siguen adelante, por los tirantes del sujetador, por la piel que ya se te ha puesto de gallina, por el aire o por ti misma, ya no sabes distinguirlo. En algún punto entre la fantasía y la realidad, la diferencia desaparece del todo.
La silla cruje bajo tu peso al moverte. En tu cabeza él susurra algo, grave y lento, justo las palabras que necesitas para seguir entregándote. Tu respiración se vuelve audible en la sala vacía, en pequeñas sacudidas que suenan más fuerte de lo que esperarías de ti.
Tu mano encuentra el camino hacia abajo. Despacio, como si aún tuvieras tiempo, como si nadie fuera a entrar nunca, como si este momento pudiera durar para siempre mientras no lo estropees por correr. Las caderas se te mueven solas, pequeñas olas, al ritmo de un hombre que solo existe en tu cabeza pero que ahí está muy presente.
El clímax no llega como una explosión, sino como una ola que sube y luego rompe, el cuerpo quieto del todo un instante y luego suelto del todo. Se te corta el aliento, los dedos agarran el reposabrazos de la silla, y por unos segundos no estás en ningún sitio: ni oficina, ni plazos, solo esto.
Después, silencio otra vez, pero de otra clase. La respiración vuelve a la normalidad. Te asoma una sonrisa que nadie va a ver, y que tampoco piensas explicar.
Te vuelves a abrochar la blusa, te alisas la falda y miras el reloj como si no hubiera pasado nada. Pero esta oficina ya no vuelve a ser del todo la misma oficina. Cada viernes por la tarde sabrás lo que también puede ocurrir, si te atreves a esperar a que todos se vayan.
Coges el bolso, apagas la luz y recorres el pasillo hacia el ascensor. En la pared de espejo ves a una mujer de aspecto de lo más normal. Solo tú sabes la verdad.
Las fantasías como esta no tienen por qué quedarse en tu cabeza. Si te da curiosidad cómo se siente llevar un escenario así a la realidad, con calma y con alguien que te escucha de verdad, mándame un mensaje. Sin presión, sin compromiso, te contesto con tranquilidad. Y si prefieres reservar ya un momento: puedes reservarme como gigolo cuando mejor te venga.
